Artículos sobre Casa Mojanda

Lo que dicen importantes publicaciones turísticas acerca de Casa Mojanda…

Arthur Frommer‘s South America Guide:

Casa Mojanda: ¿Alguna vez se preguntó cómo sería alojarse en medio de la nada? Si se queda en Casa Mojanda lo sabrá. El hotel está a sólo 10 minutos de Otavalo, pero la aislada propiedad de 18 acres se halla en un valle rodeado de montañas verdes y onduladas colinas.  Las vistas son fenomenales, sin interferencias de estructuras construidas por el hombre. Las cabañas son rústicas y estilizadas; todas poseen pisos de ladrillo o de madera, antiguos vestidores, pequeñas alfombrillas de piso e incontables toques personales. Algunas poseen sus propias chimeneas. Desde la comodidad de su cama, el huésped puede disfrutar de vistas espectaculares. La número 6 es ideal para familias. Tiene una cocineta, una sala-comedor independiente y dos cuartos separados. El hermoso comedor, lleno de antigüedades y artesanías locales es el corazón del hotel. Desde aquí se puede disfrutar de espectaculares vistas lo mismo que de divinas comidas de elaboración casera, todas hechas a base de vegetales cultivados en los huertos del hotel. Los dueños, angloparlantes, son encantadores. Sin dudas, este es uno de mis hoteles favoritos en todo el ecuador.

También de Arthur Frommer’s South America Guide:
Sección LUGARES PARA CENAR:

La comida de Casa Mojanda es excepcional. El menú es básicamente vegetariano, pero ocasionalmente sirven pescado. Toda la comida que sirven es fresca, proveniente del huerto del hotel, y esta frescura hace toda la diferencia del mundo. Podría decir que algunos de los platos más finos que he comido en ecuador, los comí aquí. Como un plus, el comedor está anidado en una ladera de montaña y sus vistas son fenomenales. El hotel está ubicado a unos 10 minutos de Otavalo, en la vía a las Lagunas de Mojanda (aproximadamente $3 en taxi).

Ecuador and Galapagos Guide, Open Roads Publishing:
La extraordinaria ubicación de las ventanas es el mayor homenaje que Casa Mojanda hace a los deslumbrantes panoramas que la circundan. Desde cualquiera de sus sitios, ya sea el comedor con sus acabados de eucalipto, o desde la sala de juegos. Desde cualquiera de sus cabañas, los ojos del visitante constantemente acabarán observando el paisaje. Por tres de sus flancos, el hotel está rodeado de lotes de terreno, muchos de los cuales han sido labrados en contra de la poderosa fuerza de gravedad, hasta asemejarse a un tablero de ajedrez ondulado formado por cuadrados verdes y marrones.  A quien no bastaren las ventanas y quisiera amplificar tan espectacular panorama, será suficiente llegar hasta la tina caliente de estilo japonés asentada en una ladera. Casa Mojanda acoge los principios del ecoturismo que procuran ejercer el menor impacto posible en el medio ambiente, a la vez que promueve activamente la cultura y las tradiciones locales. Pero el logro más inspirador y asombroso radica en haber logrado este objetivo al mismo tiempo que ofrece un alto nivel de calidad y confort.

El método arquitectónico empleado para el diseño del edificio principal y de las cabañas es conocido como tapial. Resulta comparable en funcionalidad con el adobe, pero difiere en el proceso. Un encofrado de madera se rellena con tierra que es posteriormente apisonada. Una vez compactada la tierra, se retira el encofrado. Las ventanas son caladas, es decir se cortan de la pared. Los interiores de las cabañas son amplios y acogedores, acabados con madera de eucalipto, que es producida con fines comerciales en el área. Los atractivos cubrecamas son elaborados por tejedores locales. La mayoría de los muebles son hechos a mano o están conformados por antigüedades de cedro.

A pesar de que la comodidad y las vistas de las habitaciones invitan a permanecer en ellas, hay razones irresistibles que obligan al viajero a abandonar su cabaña y salir a conocer la propiedad y sus alrededores. Los estantes de cedro de la biblioteca están abarrotados con una excelente colección de libros que los huéspedes tienen a su disposición. Al final de un día lleno de actividades, la sala de juegos y videos invita a los huéspedes a relajarse viendo una película o jugando un juego de mesa. En el comedor se sirven platos básicamente vegetarianos al abrigo de una cálida chimenea. Mucho de los componentes de la cena provienen del huerto orgánico del hotel.

El visitante encontrará suficientes actividades que realizar en los alrededores que le mantendrán ocupado durante varios días.  Existen lagunas volcánicas en el área, y está el mercado de artesanías de Otavalo. También cuentan con un pequeño corral construido para instruir a los jinetes principiantes antes de salir en una cabalgata en las montañas.

The Lonely Planet

Casa Mojanda es una hostería y granja orgánica administrada por una familia a aproximadamente 4 km al sur de Otavalo, en la vía a las Lagunas de Mojanda. Su ubicación es adorable.  Los dueños, un ecuatoriano y una norteamericana, hablan inglés perfectamente y están muy comprometidos con sus proyectos, que incluyen un turismo de bajo impacto que beneficie la educación, la cultura y la salud de las comunidades indígenas locales. Se pueden coordinar visitas a los proyectos comunitarios. La propiedad cuenta con una útil biblioteca. Casa Mojanda está construida de tapial y cuenta con varias habitaciones disponibles. Con suficiente anticipación es posible reservar bicicletas de montaña, kayak y cabalgatas.

The Traveler’s Ecuador Companion, The Globe Pequot Press

Construida sobre 10 hectáreas de tierras cultivables con vistas a los volcanes Imbabura y Cotacachi, cercanos a Otavalo, Casa Mojanda se describe a sí misma como una hostería y granja ecológica. Todos sus visitantes coinciden en alabar sus mágicas vistas, su cálida bienvenida, su hermoso alojamiento y su deliciosa cocina, elaborada a base de hortalizas que ellos mismos cultivan. Sus dueños, Betti Sachs y Diego Falconí, coordinan excelentes tours de comunidades, cabalgatas y paseos a las lagunas.

Ecuador and Galapagos Handbook, Footprints Guide:
Casa Mojanda: Hermosamente ubicada en la ladera de una montaña. Comidas saludables, acogedora, cómoda, tranquila, biblioteca, cabalgatas, bicicletas. Altamente recomendable.

Ecuador and the Galapagos Islands
The Ulysses Travel Guide, por Alain Legault

“Aislada en las laderas de los Andes, accesible mediante una accidentada vía, a 8 km de las Lagunas de Mojanda, el hotel Casa Mojanda es un verdadero pequeño paraíso en las montañas (…) Todas sus habitaciones son claras, equipadas con muebles antiguos y ofrecen increíbles vistas panorámicas de las montañas. Algunas tienen chimeneas en las que las llamas danzan mientras la leña arde suavemente. Tiene una sala de juegos para el entretenimiento de los niños y el sosiego de los padres, donde también se pueden ver películas. Poseen varios caballos que pueden ser rentados para realizar cabalgatas en el área.  Adicionalmente, el hotel posee un excelente comedor que prepara platos vegetarianos de acuerdo a la inspiración del día. El comedor tiene una chimenea, y ofrece excelentes vistas del paisaje circundante. Cuando el clima lo permite, los visitantes pueden observar desde ahí el volcán Cotacachi. (…)”

The New Key to Ecuador and the Galapagos
por David Pearson y David Middleton

“Desde Casa Mojanda es fácil acceder tanto a Otavalo como a otros lugares cercanos. (Apartado 160, Otavalo, baño privado, agua caliente, comedor con chimenea, desayuno y cena incluidos en el precio, cabalgatas y ciclismo de montaña…) Ubicada a 3,5 km de Otavalo, en la vía a las lagunas de Mojanda, Casa Mojanda es una plácida hostería en la que alojarse. Cuenta con varias cabañas de tapial, una biblioteca con libros en español y en inglés, hermosos jardines y música andina en vivo casi todas las noches. Para los amantes de la naturaleza, este es el mejor lugar donde alojarse en los alrededores de Otavalo debido a su cercanía con las Lagunas de Mojanda, plácidos páramos, y el cercano bosque protegido de Cushmirumi. Estos lugares se encuentran a una distancia recorrible en bicicleta. Casa Mojanda también puede coordinar tours a las comunidades locales, y paseos más largos a las montañas, así como lecciones de música andina, agricultura orgánica, español y Kichwa.”


En el bosque nublado de Ecuador (Inns and Retreats Magazine)

por Dorothy Askamit

Ubicada a 2.850 metros sobre el nivel del mar, Casa Mojanda pareciera flotar en una atmósfera etérea en la que la línea entre lo real y lo imaginario es incierta. Es un destino para quienes buscan la paz de la mitad del mundo, en donde la mejor actividad es observar las voluptuosas nubes que juegan a las escondidas entre las montañas.

Diego Falconí me recogió en Otavalo, a 98 Km., al norte de Quito, en la Sierra ecuatoriana. Mientras  subíamos las tres millas que por una irregular vía conducen hasta Casa Mojanda, me contó cómo él (ecuatotriano) y su esposa Betti (norteamericana) y sus dos hijas, se habían mudado desde la ciudad de Nueva York a este paraíso andino dos años atrás.

La logística de la mudanza era bastante atemorizante, me dijo, pero estaban impulsados por su sueño de crear una hostería ambientalmente amigable. Junto al arquitecto quiteño Manuel Pérez, construyeron Casa Mojanda desde cero, empleando la técnica del tapial (tierra compactada), madera y otros materiales de origen natural.

A 9.500 pies  (2.878 m.) sobre el nivel del mar, llegamos a Casa Mojanda, conformada por un conjunto de cabañas con techo de teja, paredes blancas, posada en el borde de una quebrada con vistas hacia las sagradas montañas de Imbabura y Cotacachi. Entre las cabañas, en una ubicación perfecta, hay un pequeño hemiciclo, perfecto para producciones artísticas amateurs.

Betti me recibió en el edificio principal  donde Maia, de 12 años, practicaba el piano, y Sofie, de 6, practicaba karate. Algunas pinturas y cerámicas de artistas locales decoraban la casa, pero todo el protagonismo de la escena se lo robaban las montañas que podían observarse desde las ventanas en arco que atraviesan las paredes. Al lado estaba la cocina campestre, orgullo y regocijo de los Falconís, con abundante menaje y fogón de gas.

En el piso superior hay una sala de video y en una cabaña separada, una amplia biblioteca con un computador para el uso de los huéspedes.

Las habitaciones están amobladas con sencillez, con piezas de cedro hechas a mano, diseñadas por los Falconís y decoradas con artesanías locales. Algunas tienen chimeneas y todas cuentan con baño privado con ducha y patios con terrazas a las montañas.

Yo viajaba sola y los Falconís me acogieron bajo su manto. Como sólo me quedaba por una noche, no pude disfrutar de las muchas posibilidades de recreación que la zona ofrece, pero Betti amablemente me llevó 10 millas arriba, por una vía serpenteante, a las Lagunas de Mojanda y durante el camino me habló de las excursiones, las cabalgatas, el kayak, las bicicletas, las observaciones de aves y de plantas, las visitas a las comunidades indígenas, y, por supuesto, el mercado de artesanías de los sábados en Otavalo. Reservando con suficiente anticipación, también pueden coordinar lecciones de español, de Kichwa, de tejido, de música andina, de cocina y de jardinería.

Llegamos a la primera laguna al atardecer, y fue como si el mundo dejara de girar. El lugar era apacible y silencioso. Las nubes se estrellaban como globos de aire caliente contra los picos circundantes. En contra de nuestra voluntad debimos regresar pronto pues la noche caía rápidamente. Mi estadía en Casa Mojanda fue breve, pero suficiente como para añorar volver.

Ubicada a 2.850 metros sobre el nivel del mar, Casa Mojanda pareciera flotar en una atmósfera etérea en la que la línea entre lo real y lo imaginario es incierta. Es un destino para quienes buscan la paz de la mitad del mundo, en donde la mejor actividad es observar las voluptuosas nubes que juegan a las escondidas entre las montañas.

Diego Falconí me recogió en Otavalo, a 98 Km., al norte de Quito, en la Sierra ecuatoriana. Mientras  subíamos las tres millas que por una irregular vía conducen hasta Casa Mojanda, me contó cómo él (ecuatotriano) y su esposa Betti (norteamericana) y sus dos hijas, se habían mudado desde la ciudad de Nueva York a este paraíso andino dos años atrás.

La logística de la mudanza era bastante atemorizante, me dijo, pero estaban impulsados por su sueño de crear una hostería ambientalmente amigable. Junto al arquitecto quiteño Manuel Pérez, construyeron Casa Mojanda desde cero, empleando la técnica del tapial (tierra compactada), madera y otros materiales de origen natural.

A 9.500 pies  (2.878 m.) sobre el nivel del mar, llegamos a Casa Mojanda, conformada por un conjunto de cabañas con techo de teja, paredes blancas, posada en el borde de una quebrada con vistas hacia las sagradas montañas de Imbabura y Cotacachi. Entre las cabañas, en una ubicación perfecta, hay un pequeño hemiciclo, perfecto para producciones artísticas amateurs.

Betti me recibió en el edificio principal  donde Maia, de 12 años, practicaba el piano, y Sofie, de 6, practicaba karate. Algunas pinturas y cerámicas de artistas locales decoraban la casa, pero todo el protagonismo de la escena se lo robaban las montañas que podían observarse desde las ventanas en arco que atraviesan las paredes. Al lado estaba la cocina campestre, orgullo y regocijo de los Falconís, con abundante menaje y fogón de gas.

En el piso superior hay una sala de video y en una cabaña separada, una amplia biblioteca con un computador para el uso de los huéspedes.

Las habitaciones están amobladas con sencillez, con piezas de cedro hechas a mano, diseñadas por los Falconís y decoradas con artesanías locales. Algunas tienen chimeneas y todas cuentan con baño privado con ducha y patios con terrazas a las montañas.

Yo viajaba sola y los Falconís me acogieron bajo su manto. Como sólo me quedaba por una noche, no pude disfrutar de las muchas posibilidades de recreación que la zona ofrece, pero Betti amablemente me llevó 10 millas arriba, por una vía serpenteante, a las Lagunas de Mojanda y durante el camino me habló de las excursiones, las cabalgatas, el kayak, las bicicletas, las observaciones de aves y de plantas, las visitas a las comunidades indígenas, y, por supuesto, el mercado de artesanías de los sábados en Otavalo. Reservando con suficiente anticipación, también pueden coordinar lecciones de español, de Kichwa, de tejido, de música andina, de cocina y de jardinería.

Llegamos a la primera laguna al atardecer, y fue como si el mundo dejara de girar. El lugar era apacible y silencioso. Las nubes se estrellaban como globos de aire caliente contra los picos circundantes. En contra de nuestra voluntad debimos regresar pronto pues la noche caía rápidamente. Mi estadía en Casa Mojanda fue breve, pero suficiente como para añorar volver.

The Boston Sunday Globe

De: Ecuador: no recomendado para los amantes del glamour
Aquí no encontrarán lujos, pero sí una variada e interesante cultura

“A menos de 3 millas en las afueras de Otavalo, junto a la accidentada vía empedrada que lleva hasta las Lagunas de Mojanda, está Casa Mojanda, una hostería ecológica que abrió sus puestas en 1996 y uno de mis mejores destinos en Ecuador.

A poca distancia del volcán Cotacachi, con frecuencia nevado, y muy cercana a uno de los últimos remanentes de bosques nublados andinos, el Cushmirumi, las vistas desde Casa Mojanda resultan sorprendentes.

Propiedad de Betti Sachs, anteriormente abogada de la Legal Aid Society, y de su esposo ecuatoriano Diego Falconí, Casa Mojanda atrae huéspedes que prefieren sitios retirados. Hasta el momento, aproximadamente la mitad de sus huéspedes provienen de New England. Las cabañas de tapial están amobladas con antigüedades ecuatorianas y piezas de cedro diseñadas por sus propios dueños; cubrecamas de lana con motivos andinos, tejidos y canastas realizados en la zona; vistas del Cotacachi, (y a veces de algunas de las llamas de la hostería), se combinan para complementar a las habitaciones. En las noches tiende a hacer frío, pero algunas habitaciones cuentan con chimeneas. También hay en Casa Mojanda una biblioteca en inglés y español con guías de viaje y una computadora.”

De  International Living
Relajarse en los Andes

“Aproximadamente a tres millas de Otavalo está Casa Mojanda, una hostería de montaña recién terminada el pasado mes de junio (1996). El visitante puede alojarse en cabañas privadas, hechas de tapial con ventanas de vidrio con vistas a volcanes a menudo nevados. Es un lugar tranquilo y agradable, administrado por personas amistosas que hablan inglés y español, una mujer de Brooklyn, su esposo ecuatoriano y empleados locales.

Cuenta con una amplia biblioteca con libros en español y en inglés, una colección de películas, y comidas hechas y servida al estilo casero.  De cena nos sirvieron un plato de la india: pollo al curry no muy picante, pepinos en salsa de yogurt, sopa casera, y frutas frescas como postre. Desayunamos panqueques de harina de trigo cultivado ahí mismo y “arrope” de moras frescas  en lugar de almíbar.

Hay mucho que hacer aquí, pero habrá quienes prefieran coger un libro de la biblioteca y disfrutar del fresco aire de la montaña. También es posible cabalgar por un sendero montañoso que pasa cerca del Camino del Inca, rentar bicicletas, realizar senderismo auto guiado a la cascada cercana, visitar las lagunas cercanas o tomar lecciones de salsa un domingo de mañana. Maya, la mayor de las hijas, de doce años, puede hacer de niñera para los visitantes más pequeños.”

(……)

De International Travel News

“Tan impresionante como nuestro crucero de ocho días a Galápagos fue nuestra estadía de diez días en la recién construida Casa Mojanda. Una impresionante ubicación, a tres millas de Otavalo, y a 9 500 pies de altura en los Andes ecuatorianos, a menos de 2 horas de Quito.

Sus amigables y conocedores dueños, Betti Sachs y Diego Falconí, ofrecen alojamientos excelentes en siete cabañas de tapial y un dormitorio para doce personas. Esto incluye cena y desayuno. EL menú incluye platos tradicionales de la cocina ecuatoriana elaborados a base de ingredientes cosechados localmente.”

De The Educated Traveler

“Afortunadamente, cada vez son más los sitios turísticos en los que la naturaleza constituye un aspecto recreacional fundamental. Uno de estos es Casa Mojanda, una hostería y granja familiar ecológica localizada a tres millas de Otavalo, en la Sierra norte ecuatoriana. Sus dueños y operadores son Diego, ecuatoriano y Betti, una neoyorquina. En sus 20 acres de granja y ladera reforestada, Betti y Diego asisten a los grupos de viajeros especializados que buscan entornos hermosos, naturales y exóticos. Es posible alojarse en dormitorios o en cabañas individuales con baño privado, jardín, terraza y con espectaculares vistas a las montañas. Casa Mojanda es un campamento base ideal para realizar andinismo, ciclismo, fotografía, expediciones de observación de aves y de plantas. También es posible realizar cabalgatas o visitas a las comunidades cercanas. Hay quienes prefieren acurrucarse frente de la chimenea con un buen libro en español o en inglés de su selecta biblioteca.  Para un futuro cercano planifican ofrecer lecciones de español, Quichwa, tejido, kayak en lago, música andina, cocina, arquitectura natural y agricultura orgánica. Es un buen lugar para quienes viajan con niños.”

Transitions Abroad Magazine (June 1998)

Grupos:

¡Un buen lugar para quienes viajan en grupo!

Casa Mojanda constituye un destino especial para familias grandes o pequeñas, para grupos de amigos que vacacionan juntos, para grupos de estudiantes, así como para pequeñas conferencias y retiros.

Gustosamente diseñamos programas de una a dos semanas, orientados lo mismo a estudiantes que a grupos de adultos con intereses especializados. El itinerario de cada grupo es ajustado a los intereses particulares y habilidades de sus miembros. La mayoría de los grupos que recibimos prefieren encontrar su propio equilibrio escogiendo entre las muchas y variadas atracciones que Casa Mojanda y la región ofrecen

Los precios especiales para grupos incluyen transporte seguro desde y hacia Quito o su aeropuerto, toda la transportación local, dos o tres comidas planificadas, el uso de nuestra tina caliente estilo japonés, así como de todas nuestras instalaciones. Según los intereses de los visitantes, podemos planificar excursiones, cabalgatas, kayak en lagos, ciclismo de montaña y una amplia variedad de paseos locales. Podemos también organizar programas para grupos interesados en  observación de aves, andinismo, fotografía, rafting, cocina, jardinería, shamanismo, sanación mediante hierbas, yoga y meditación. Si así lo desean, los grupos también pueden dedicar parte de su estadía a realizar actividades de voluntariado.

Comentarios de los líderes de grupos:

  • ¡Ustedes nos han ofrecido una agradable estadía aquí en Casa Mojanda! Como dijera mi sobrino: “Estuvimos a punto de obviar Machu Picchu porque no queríamos dejar este paraíso. –   Mary Bennett y Kalleen Mortenson, y su grupo de once amigos y familiares de Madison, Wisconsin.
  • Nunca antes estuve en un lugar tan hermoso. Ustedes han sido maravillosos anfitriones. Siento como si hubiese compartido mi tiempo con las personas y con la tierra. ¡Y ni qué decir de la comida! Es hora de volver a aprender a cocinar. Gracias por todo. – Dr. Gerard Howell, Lexington, Kentucky
  • Disfrutamos mucho nuestra estadía con ustedes. Maravilloso… Buena conversación, Vistas espectaculares. Gracias por tan maravillosa experiencia. – Karen y Sheila Kiscaden, de Global Volunteers.
  • Nuevamente, una semana fabulosa en Otavalo. Fue bueno visitar lugares nuevos como Chota, Salinas, Ibarra y Cotacachi, pero es realmente maravilloso regresar a la generosa hospitalidad de Casa Mojanda. Me alegra mucho que esta vez haya podido traer a toda mi familia. ¡Hasta la próxima vez! Mil gracias. – Gabrielle Keller, Little Red Schoolhouse/ Elizabeth Irwin High School, New York, New York.
  • Gracias por invitar a nuestro grupo y compartir con nosotros su sueño. Los miembros de la comunidad son tan bellos como espectaculares son sus vistas andinas, sus flores silvestres y su cielo estrellado. – Dr. Tim Scott, Lexington Kentucky

Turismo con ganas de ayudar
El Universo, la revista del domingo
Diego Falconí y su esposa Betty Sachs llegaron a Mojanda a abrir una hostería y terminaron creando un espacio para el voluntariado y la ayuda social que contribuye al sustento de una comunidad. Texto: Trístana Sentos
Fotos: P. C.
Cuando vivían en Nueva York solían bromear diciendo que algún día dejarían la vida de la cuidad y se retirarían a la tranquilidad de una montaña, quizá para administrar su propio hostal. Para Betty Sachs y Diego Falconí la broma se fue tornando en un proyecto; construirían una hostería pequeña, donde la atención fuera personal y los huéspedes se sintieran en casa de amigos.
Lo harían de preferencia en Imbabura, la provincia que recorrieron juntos cuando ella llegó como turista buscando una tal “Diega Falcini”, el nombre que un amigo le había escrito en un papel recomendándole que buscara a esa persona para que la guíe. Pero era Diego Falconí, y ahora ríen recordando esa historia sentados en el comedor de madera y amplios ventanales de su hostería Casa Mojanda.
Cuando se casaron, elle ejercía como abogada y él tenía un negocio de traducción y edición de libros de texto en Brooklyn. Allá nacieron sus dos hijas, Maya (15) y Sofía (10). Por quince años planearon el escape de regreso a Ecuador.
“No queríamos tener un hotel regular, sino una casa donde la gente encontrará un ambiente familiar. Durante nuestros viajes siempre me molestaron los hostales que por más lindos que sean, uno llega y nadie le presta atención”, dice Diego.
Casa Mojanda está muy cerca de Otavalo (una hora y media de Quito) y a 10 minutos de las lagunas del mismo nombre. Las cabañas se levantan sobre una loma de potreros verdes donde pastan caballos y llamas. Diego dice que para los indígenas es un lugar protegido, rodeado de montañas sagradas, el Imbabura, Cotacachi y Mojanda.
La construcción principal semeja una casona antigua de hacienda con altos tumbados, donde los huéspedes comen juntos y se cuentan las historias del día junto a la chimenea. Este hostal fue construidos a la antigua, con adobe y madera, y con criterio ecológico. El agua utilizada se reaprovecha en el huerto orgánico donde se cultivan las legumbres para el menú vegetariano.
Tiene capacidad para 25 visitantes, quienes casi siempre llegan atraídos por la cultura indígena de la provincia y el turismo de aventura.
Mas que una hostería
Afuera la llovizna de la mañana se va dejando vencer por un tibio resplandor. Alrededor de unas tazas de café y una torta de piña, Betty y Diego comienzan a contar cómo fue que su hostería devino en algo que influye en el desarrollo de toda la comunidad de Mojanda.
“Ya habíamos comenzado a construir y recibimos una carta del presidente de la comunidad solicitando asistencia, pues habían construido una casita con la intención de convertirla en un centro de salud, pero no tenían equipos ni modo de financiarla. Empezamos a pedir ayuda entre conocidos y la gente respondió con donaciones, pero aún no había médicos ni la posibilidad de abrirlo”, relata Diego.
Los Falconí continuaron buscando médicos para sustentar el centro de salud, y los encontraron precisamente en sus huéspedes. “Contactamos a un grupo de médicos de Kentucky que se interesaron en hacer viajes de misión voluntaria. En 1997 trajeron los equipos y medicinas necesarias y se inauguró el centro que atiende a Mojanda y comunidades adyacentes.”
Un medico general, un dentista y una pediatra voluntarios prestan sus servicios varias veces por semana. Lo siguiente es conseguir un medico naturista y una partera. “Este es una cantón donde la mayoría es indígena. La gente demanda un enfoque a la salud que tenga reilación con sus tradiciones”, indica Diego.
Con ese primer éxito el interés por la ayuda social creció mucho. Betty comenta que la mayoría de turistas que llega a Casa Mojanda “busca estar en contacto con la gente, con la cultura. Tiene un interés profundo por la situación socioeconómica del país. No quiere simplemente una piscina y un bar”.
Esta pareja encontró, sin proponérselo, la forma de satisfacer un deseo de los visitantes que no es considerado por las empresas turísticas: el de ayudar. “Los huéspedes venían y espontáneamente nos preguntaban sobre nuestro trabajo social. Muchos son profesionales con careras exitosas que quieren usar sus vacaciones para colaborar en algo, algunos son jubilados con mucho tiempo libre y ganas de ayudar”.
Autogestión
Las hostería se ha convertido en el centro de operaciones de fundación Casa Mojanda, que brinda respaldo logístico a voluntarios independientes y el Cuerpo de Paz de Estados Unidos que llegar al lugar. Más de 35 médicos, enfermeras y otros profesionales han acudido a ayudar a la comunidad desde hace cinco años.
La fundación Guaguacuna de España se unió a la campaña hace año y medio con un programa de desayuno y almuerzo escolar y la construcción de una casa donde funcionará una guardería.
Hasta el momento los Falconí han conseguido más de US$ 40 mil, que han sido invertidos en el centro de salud, un jardín de infantes que tuvieron que financiar cuando el estatal cerró por falta de recursos, un huerto comunitario, y su apoyo a las actividades de la Asociación de Protección y Medio Ambiente Pacha Mama, que presta servicios de seguridad, limpieza y protección en las lagunas de Mojanda. Pero siempre bajo una premisa: toda ayuda debe enfocarse al autosustento.
“Cuando se entregó el centro de salud, se lo hizo bajo el fundamento de que sea la comunidad la que lo administre y se promovió la formación de una Junta de Salud. Es uno de los pocos casos de autogestión en el país, en el que no se depende del Ministerio de Salud ni para la provisión de medicinas ni para la atención profesional”, relata Diego Falconí.
Por si mismos
Aunque Casa Mojanda aún ayuda al centro, se espera que a corto plazo este se financie completamente por medio de un sistema de seguros. Los miembros de la comunidad se afilian pagando un dólar al mes y a cambio tienen la atención de los médicos, y obtienen las medicinas a precios muy bajos. Con 600 afiliados el centro tendrá un fondo para cubrir costos básicos.
Diego es muy claro al afirmar que “si un proyecto comunitario no es autosustentable no vale la pena, porque si tienen ayuda externa todo el tiempo la gente tiende a tornar una actitud de esperar a que las cosas mejoren sin poner de su parte. Hay una experiencia negativa de las organizaciones internacionales que durante los setenta y ochenta vinieron a hacer verdaderas duchas de dinero en proyectos comunitarios, pero cuando se van, los pueblos no saben qué hacer”.
Para sustentar el programa de nutrición escolar propusieron la creación del huerto que produce hortalizas para los niños y hierbas medicinales para el médico naturista. Además están organizando una biblioteca con todo el material que les han donado y trabajan con los jóvenes de la comunidad en los programas de conservación ambiental para impulsar el turismo.
“Hay muchos chicos que se quieren quedar aquí, no quieren ir a buscar trabajos a las ciudades, el objetivo es que la gente del campo pueda quedarse en su ambiente con un poquito de cambio y desarrollo”, dice Betty.Voluntarios
Además de lo gratificante de su labor, lo más interesante para Betty es estar en contacto con una serie de personajes interesantes que llegan a su hostería a colaborar. Como un grupo de la Universidad de Princeton que realizó un proyecto de reforestación en Mojanda, o los miembros de una iglesia que dedicaron sus vacaciones al voluntariado.
“A veces vienen científicos y doctores, entonces tenemos una idea de lo que está pasando en el mundo. Hay mucho entusiasmo por compartir y hacer algo para la comunidad”, asegura mientras recorre el jardín de infantes que creó la fundación.
Los niños allí aprenden jugando con materiales donados por una escuela en Suiza y la profesora, nativa de Mojanda, se fue a especializar allá en educación de párvulos gracias a una invitación realizada justamente por una huésped que llegó a la hostería.
Para ser voluntario se requiere un compromiso estable de por lo menos seis meses, pues todos pasan por un periodo en el cual se adaptan al ritmo andino con el que se desenvuelven las cosas. “Aquí en el campo todo marcha despacio”, dice Betty riendo.
Ahora los Falconí pasa más tiempo en Quito por la educación de sus hijas, que durante años aprendieron con tutores, pero siguen supervisando los proyectos y esperan que pronto marchen solos.
Cuando se les pregunta sobre sus planes futuros, la reacción es instantánea: “hay tanto que queremos hacer! Mientras más haces te das cuenta de lo mucho que falta”, dice Diego. Pero un plan en concreto es atender a la solicitud de varios extranjeros jubilados que quieren radicarse en Mojanda para dedicarse al trabajo voluntario. “Queremos lograr una pequeña comunidad de voluntarios que apoye constantemente los proyectos”.
Mientras ese y otros tantos planes se desarrollan, Betty y Diego pueden estar satisfechos de haber convertido en realidad esa broma de vivir en las montañas, mientras ayudan a muchos en su camino.

Casa Mojanda