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En Español: Articulo de La Revista de El Universo

Turismo con ganas de ayudar

El Universo, la revista del domingo

Diego Falconí y su esposa Betty Sachs llegaron a Mojanda a abrir una hostería y terminaron creando un espacio para el voluntariado y la ayuda social que contribuye al sustento de una comunidad.

Texto: Trístana Sentos
Fotos: P. C.

Cuando vivían en Nueva York solían bromear diciendo que algún día dejarían la vida de la cuidad y se retirarían a la tranquilidad de una montaña, quizá para administrar su propio hostal. Para Betty Sachs y Diego Falconí la broma se fue tornando en un proyecto; construirían una hostería pequeña, donde la atención fuera personal y los huéspedes se sintieran en casa de amigos.

Lo harían de preferencia en Imbabura, la provincia que recorrieron juntos cuando ella llegó como turista buscando una tal “Diega Falcini”, el nombre que un amigo le había escrito en un papel recomendándole que buscara a esa persona para que la guíe. Pero era Diego Falconí, y ahora ríen recordando esa historia sentados en el comedor de madera y amplios ventanales de su hostería Casa Mojanda.

Cuando se casaron, elle ejercía como abogada y él tenía un negocio de traducción y edición de libros de texto en Brooklyn. Allá nacieron sus dos hijas, Maya (15) y Sofía (10). Por quince años planearon el escape de regreso a Ecuador.

“No queríamos tener un hotel regular, sino una casa donde la gente encontrará un ambiente familiar. Durante nuestros viajes siempre me molestaron los hostales que por más lindes que sean, uno llega y nadie le presta atención”, dice Diego.

Casa Mojanda está muy cerca de Otavalo (una hora y media de Quito) y a 10 minutos de las lagunas del mismo nombre. Las cabañas se levantan sobre una loma de potreros verdes donde pastan caballos y llamas. Diego dice que para los indígenas es un lugar protegido, rodeado de montañas sagradas, el Imbabura, Cotacachi y Mojanda.

La construcción principal semeja una casona antigua de hacienda con altos tumbados, donde los huéspedes comen juntos y se cuentan las historias del día junto a la chimenea. Este hostal fue construidos a la antigua, con adobe y madera, y con criterio ecológico. El agua utilizada se reaprovecha en el huerto orgánico donde se cultivan las legumbres para el menú vegetariano.

Tiene capacidad para 25 visitantes, quienes casi siempre llegan atraídos por la cultura indígena de la provincia y el turismo de aventura.

Mas que una hostería

Afuera la llovizna de la mañana se va dejando vencer por un tibio resplandor. Alrededor de unas tazas de café y una torta de piña, Betty y Diego comienzan a contar cómo fue que su hostería devino en algo que influye en el desarrollo de toda la comunidad de Mojanda.

“Ya habíamos comenzado a construir y recibimos una carta del presidente de la comunidad solicitando asistencia, pues habían construido una casita con la intención de convertirla en un centro de salud, pero no tenían equipos ni modo de financiarla. Empezamos a pedir ayuda entre conocidos y la gente respondió con donaciones, pero aún no había médicos ni la posibilidad de abrirlo”, relata Diego.

Los Falconí continuaron buscando médicos para sustentar el centro de salud, y los encontraron precisamente en sus huéspedes. “Contactamos a un grupo de médicos de Kentucky que se interesaron en hacer viajes de misión voluntaria. En 1997 trajeron los equipos y medicinas necesarias y se inauguró el centro que atiende a Mojanda y comunidades adyacentes.”

Un medico general, un dentista y una pediatra voluntarios prestan sus servicios varias veces por semana. Lo siguiente es conseguir un medico naturista y una partera. “Este es una cantón donde la mayoría es indígena. La gente demanda un enfoque a la salud que tenga reilación con sus tradiciones”, indica Diego.

Con ese primer éxito el interés por la ayuda social creció mucho. Betty comenta que la mayoría de turistas que llega a Casa Mojanda “busca estar en contacto con la gente, con la cultura. Tiene un interés profundo por la situación socioeconómica del país. No quiere simplemente una piscina y un bar”.

Esta pareja encontró, sin proponérselo, la forma de satisfacer un deseo de los visitantes que no es considerado por las empresas turísticas: el de ayudar. “Los huéspedes venían y espontáneamente nos preguntaban sobre nuestro trabajo social. Muchos son profesionales con careras exitosas que quieren usar sus vacaciones para colaborar en algo, algunos son jubilados con mucho tiempo libre y ganas de ayudar”.

Autogestión

Las hostería se ha convertido en el centro de operaciones de fundación Casa Mojanda, que brinda respaldo logístico a voluntarios independientes y el Cuerpo de Paz de Estados Unidos que llegar al lugar. Más de 35 médicos, enfermeras y otros profesionales han acudido a ayudar a la comunidad desde hace cinco años.

La fundación Guaguacuna de España se unió a la campaña hace año y medio con un programa de desayuno y almuerzo escolar y la construcción de una casa donde funcionará una guardería.

Hasta el momento los Falconí han conseguido más de US$ 40 mil, que han sido invertidos en el centro de salud, un jardín de infantes que tuvieron que financiar cuando es estatal cerró por falta de recursos, un huerto comunitario, y su apoyo a las actividades de la Asociación de Protección y Medio Ambiente Pacha Mama, que presta servicios de seguridad, limpieza y protección en las lagunas de Mojanda. Pero siempre bajo una premisa: toda ayuda debe enfocarse al autosustento.

“Cuando se entregó el centro de salud, se lo hizo bajo el fundamento de que sea la comunidad la que lo administre y se promovió la formación de una Junta de Salud. Es uno de los pocos casos de autogestión en el país, en el que no se depende del Ministerio de Salud ni para la provisión de medicinas ni para la atención profesional”, relata Diego Falconí.

Por si mismos

Aunque la fundación Casa Mojanda aún ayuda al centro, se espera que a corto plazo este se financie completamente por medio de un sistema de seguros. Los miembros de la comunidad se afilian pagando un dólar al mes y a cambio tienen la atención de los médicos, y obtienen las medicinas a precios muy bajos. Con 600 afiliados el centro tendrá un fondo para cubrir costos básicos.

Diego es muy claro al afirmar que “si un proyecto comunitario no es autosustentable no vale la pena, porque si tienen ayuda externa todo el tiempo la gente tiende a tornar una actitud de esperar a que las cosas mejoren sin poner de su parte. Hay una experiencia negativa de las organizaciones internacionales que durante los setenta y ochenta vinieron a hacer verdaderas duchas de dinero en proyectos comunitarios, pero cuando se van, los pueblos no saben que hacer”.

Para sustentar el programa de nutrición escolar propusieron la creación del huerto que produce hortalizas para los niños y hierbas medicinales para el medico naturista. Además están organizando una biblioteca con todo el material que les han donado y trabajan con los jóvenes de la comunidad en los programas de conservación ambiental para impulsar el turismo.

“Hay muchos chicos que se quieren quedar aquí, no quieren ir a buscar trabajos a las ciudades, el objetivo es que la gente del campo pueda quedarse en su ambiente con un poquito de cambio y desarrollo”, dice Betty.

Voluntarios

Además de lo gratificante de su labor, lo más interesante para Betty es estar en contacto con una serie de personajes interesantes que llegan a su hostería a colaborar. Como un grupo de la Universidad de Princeton que realizó un proyecto de reforestación en Mojanda, o los miembros de una iglesia que dedicaron sus vacaciones al voluntariado.

“A veces vienen científicos y doctores, entonces tenemos una idea de lo que está pasando en el mundo. Hay mucho entusiasmo por compartir y hacer algo para la comunidad”, asegura mientras recorre el jardín de infantes que creó la fundación.

Los niños allí aprenden jugando con materiales donados por una escuela en Suiza y la profesora, nativa de Mojanda, se fue a especializar allá en educación de párvulos gracias a una invitación realizada justamente por una huésped que llegó a la hostería.

Para ser voluntario se requiere un compromiso estable de por lo menos seis meses, pues todos pasan por un periodo en el cual se adaptan al ritmo andino con el que se desenvuelven las cosas. “Aquí en el campo todo marcha despacio”, dice Betty riendo.

Ahora los Falconí pasa más tiempo en Quito por la educación de sus hijas, que durante años aprendieron con tutores, pero siguen supervisando los proyectos y esperan que pronto marchen solos.

Cuando se les pregunta sobre sus planes futuros, la reacción es instantánea: “hay tanto que queremos hacer! Mientras mas haces te das cuenta de lo mucho que falta”, dice Diego. Pero un plan en contrete es atender a la solicitud de varios extranjeros jubilados que quieren radicarse en Mojanda para dedicarse al trabajo voluntario. “Queremos lograr una pequeña comunidad de voluntarios que apoye constantemente los proyectos”.

Mientras ese y otros tantos planes se desarrollan, Betty y Diego pueden estar satisfechos de haber convertido en realidad esa broma de vivir en las montañas, mientras ayudan a muchos en su camino.